Opinión y debate
Discriminaciones cotidianas: la discapacidad como proceso
Patricia Brogna
Especialista investigadora en temas de discapacidad
La discapacidad es un
concepto complejo y multidimensional que supera ampliamente al aspecto
médico. Si bien se le relaciona con una deficiencia física,
mental o psíquica, esta condición no es más que un
punto de partida. La discapacidad se construye socialmente, no como un
suceso único y determinante, sino como un proceso1
en el que durante todo el ciclo vital de una persona
intervienen múltiples actores con diferentes formas de poder.
El concepto de discapacidad no
es unívoco: comprende diferentes aspectos, niveles, ámbitos
(social, cultural, económico, normativo, político), realidades,
actores (personas con discapacidad, familia, sociedad, instituciones,
movimientos sociales), procesos y modelos teóricos. A la discapacidad
también se le puede conceptualizar de las siguientes formas:
• |
Como una construcción social
(y, como tal, cuestionable) y no como una tragedia personal. |
• |
Como proceso dinámico y no como un suceso
estático. |
• |
Como un producto (y un problema) relacional,
mas no como una situación individual. |
Pero ésta no es la única
manera de entender a la discapacidad, sino que existen diversos modelos
que la explican de otro modo, que posicionan a la persona con discapacidad
en distintos espacios y que otorgan diferente relevancia y responsabilidad
a las instituciones sociales en particular y a la sociedad en general.
Modelos teóricos sobre discapacidad
Los tres modelos básicos referidos
a esta situación son: el médico, el asistencial-paternalista
y el social, los cuales se describen a continuación:
Modelo médico: éste
entiende a la discapacidad como un problema referente a la salud (N
enfermedad), promueve la cura, la corrección y
perpetua a las personas que la padecen en espacios segregados que son
subsidiarios de este modelo, tales como las escuelas especiales o las
clínicas de psiquiatría. La mayoría de la bibliografía
que existe sobre la materia responde a este modelo y se basa en diagnósticos,
tratamientos, indicaciones de intervenciones, de compensaciones y de adaptaciones
puntuales como respuestas específicas para cada patología.
Modelo asistencial-paternalista:
es una perspectiva similar a la médica pero que entiende a las
personas con discapacidad como un espacio de intervención
a compensar, creando instituciones que se ocupan de ellas o de su entorno
cercano, casi siempre con aspecto de organismos de beneficencia o de caridad,
o mediante políticas que desarrollan acciones de escritorio
sin convocarlas. De acuerdo con los regímenes de bienestar que
cada sociedad adopte, las necesidades (principalmente de salud, educación
o trabajo protegido) de las personas con discapacidad son satisfechas
de manera prioritaria por la familia, el Estado o el mercado (ya sea por
medio de servicios pagados o gratuitos ofrecidos por instituciones,
organizaciones sociales, sindicatos, mutualistas, sociedad civil, etc.).
En América Latina la mayoría
de los Estados ha desarrollado políticas compensatorias y residuales,
y los marcos normativos responden, por lo usual, a compromisos internacionales,
aunque con escasos mecanismos de puesta en marcha y de monitoreo o control
de cumplimiento (en Argentina son frecuentes las acciones y los amparos
legales que reclaman los derechos derivados de las leyes). Hay quienes
no pueden cubrir sus necesidades con la ayuda de la familia, ya sea por
la asistencia social del trabajador que tenga a su cargo a la persona
con discapacidad, ya sea por la (escasa) cobertura que los parientes desempleados
o trabajadores informales puedan satisfacer por su propia cuenta. El mercado
provee ciertas necesidades —sobre todo educativas, laborales (por
medio de espacios protegidos) y sanitarias— gracias a acciones
costeadas por el usuario (a), a subsidios o a donaciones. Son escasas
las organizaciones asistenciales-paternalistas que cubren otro tipo de
exigencias de las personas con discapacidad.
Modelo social: éste se
inicia con la doble afluencia de un modelo teórico y de activismo
social y político de personas con discapacidad. El modelo
social tiene una vertiente jurídica que posiciona a la persona
como sujeto de derecho, por medio de normativas nacionales e internacionales
pero no se reduce sólo a esa vertiente. Este modelo, origina
rio de Gran Bretaña, pone en evidencia prácticas, actitudes
y aspectos de lo social que se dimensionan más profundamente luego
de acercarnos a la perspectiva de Bourdieu, quien refiere que “lo
social existe dos veces”: en las estructuras sociales externas (la
historia en forma de cosas) y en las estructuras sociales internas (la
historia en forma de cuerpo). Esta rica perspectiva teórica del
análisis de la discapacidad no será desarrollada en este
trabajo.
Los (as) principales investigadores
(as) y teóricos (as) del modelo social son británicos (as)
y norteamericanos (as) y, si bien el análisis de las realidades
sociales de una región no implica un patrón de universalidad
aplicable a otros entornos, sí existen coincidencias en el diagnóstico
que hacen y en sus principios y postulados, más allá de
las diferencias entre las realidades económicas, sociales y culturales
de nuestras regiones. Es decir, hay ejes comunes a las demandas de los
nuevos movimientos sociales de personas con discapacidad;2
se dan perspectivas que es posible asumir empíricamente
como coincidentes con lo que habría que evaluar en nuestra región,
aunque confirmarlo es un estudio pendiente y sus referentes políticos
y académicos señalan dificultades en las que se pueden reconocer
las propias.
El Modelo social está en construcción,
apenas en la fase de la teoría si se compara con la cantidad de
conocimiento construido sobre el Modelo médico.
A modo de referencia sintética,
en los párrafos siguientes se analizarán sus principios
y postulados.
En lo que respecta a las estructuras,
prácticas e instituciones sociales, el Modelo social sugiere
que aquéllas imponen una situación de opresión —justificada
en la condición física o mental— que impide o dificulta
a las personas con discapacidad escoger y determinar su propia vida. Refiere
que las prácticas, estructuras e instituciones las discriminan
por medio de acciones normocentristas,3
aislándolas de los espacios cotidianos comunes
(trabajo, educación, esparcimiento). Señala que no evalúan
la inflexibilidad y las consecuencias de sus propios actos y que refuerzan
estereotipos y papeles dependientes, objetivizando a la persona.
Y, finalmente, afirma que las estructuras, prácticas e instituciones
sociales son cuestionables.
Por el contrario, el Modelo social posiciona
a la persona con discapacidad como sujeto, especialmente de derecho, superando
la visión médica y trágica (Barton, 1998). Propone
una actitud autorreflexiva de ellas mismas. Esta mirada, desde una posición
de sujeto (en relación con otros actores sociales), permite señalar
el desequilibrio de poder a favor de las instituciones y prácticas
normalizadotas y propicia el surgimiento de movimientos sociales
que reclaman cambios y acciones estructurales (culturales, de actitud,
normativos, etc.) y no tanto coyunturales (asistencia social, servicios,
etc.). Sus principios, análisis y postulados desafían a
las personas con discapacidad a apropiarse del discurso con que son
dichas y a nombrar la propia diferencia.
Este modelo requiere definir la
situación de agravio social analizado y especificando las diferencias
y semejanzas entre la opresión sobre las personas con discapacidad
y otras formas de opresión (por ejemplo: racismo, en la definición
negativa, o feminismo, en la definición positiva) (Barton, 1998).4
En oposición a los otros modelos,
éste enfoca su centro de interés no a la persona con discapacidad
sino a las circunstancias del entorno social, político y económico
(Ibídem, p. 164).
Por último, el Modelo social sostiene
que la diferencia encaja en el terreno de la batalla política
(Ibídem, p. 27) y que la discapacidad es relacional
e interactiva con los factores ambientales, actitudinales y culturales:
“la sociedad está diseñada por y para personas no
discapacitadas” (Ibídem, p. 163). Afirma este modelo
que la identidad es asignada por grupos significativos de poder, especialmente
de salud y educación, en relación con una deficiencia
a través de procesos de categorización, diagnóstico
y etiquetamiento. Por lo tanto, reclama, debe respetarse el derecho
a la igualdad y a la diferencia (¿el derecho a la igualdad en la
diferencia?) reafirmando que deben ser las propias personas con discapacidad
las que hablen de sus necesidades e intereses (en este sentido es paradigmático
su lema: “nada sobre nosotros sin nosotros”).
Muchas personas, incluso teóricos
de mi país, Argentina, impugnan este modelo porque culpabiliza
a la sociedad. Realizar encuestas o entrevistas a militantes de movimientos
reivindicativos de personas con discapacidad para conocer su opinión
sobre la vigencia en América Latina de los criterios y conceptos
que sostiene el Modelo social es un estudio pendiente.
Podemos entender que la mayoría
de las actitudes de las personas hacia la discapacidad no es consciente
ni intencional: es parte del hábito introducido por instituciones
como la escuela que nos “enseña a aceptar que hay iguales
y diferentes que escapan al esquema y patrón de normalización”5
(Foucault). Prejuicios, actitudes
y prácticas discriminatorias no se realizan —por lo habitual—
de modo intencional, sino que se ponen en juego en el instante en que
se deben descargar de la mochila nuestros aprendizajes y preocupaciones
culturales (lo automático), aunque esas acciones no resistan un
análisis desde la lógica.
Una discriminación para cada discapacidad y una
discapacidad para cada discriminación
Como se afirmaba al inicio de este artículo,
cada tipo de concepción teórica que se haga (o se adopte
para la propia organización) acerca de la discapacidad posicionará
a la persona que la padece en espacios diferentes, tendrá implicaciones
en las respuestas políticas que se esperen o se reclamen, pondrá
en evidencia responsabilidades y demandas diversas, demarcará esferas
de exclusión distintas, explicará de diferente modo las
acciones colectivas de los nuevos movimientos de las personas con discapacidad,
redefinirá los papeles familiares, sociales, políticos,
y cuestionará o reafirmará actitudes, imaginarios sociales
y patrones culturales.
Los regímenes de bienestar
se relacionan con el modo en que la sociedad responde a las necesidades
de sus ciudadanos (as). “Las características históricas
de los Estados han desempeñado un papel determinante en la formación
de sus sistemas de bienestar social.”6
Pero, ¿qué necesidades son priorizadas,
quiénes son definidos como ciudadanos (as) (y, por tanto, sujetos
de derecho), cuál de los tres actores (Estado, mercado y familia)
y en qué grado deben hacerse cargo cada uno de ellos de esas necesidades,
puede implicar que una persona con discapacidad (y su familia) de los
países del norte de Europa —por ejemplo— tenga mejor
calidad de vida que alguien de un área rural del Tercer Mundo.
En el caso ejemplificado (más allá
de otras circunstancias sociales, políticas, culturales y económicas)
el régimen de bienestar universalista cubrirá todas las
necesidades de la persona con discapacidad y de su familia, porque entiende
a la discapacidad y al bienestar de un modo diferente a otros regímenes
o Estados.
En el Tercer Mundo, si la persona vive
en zonas urbanas, probablemente el Estado o el mercado (por medio de las
organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil) cubra alguna necesidad
(rehabilitación o educación especial), pero si estos actores
fallan o dan por concluida su función en el ciclo vital (por ejemplo,
al llegar a la juventud), es la familia la que deberá sostener
las demandas de la persona con discapacidad, favoreciéndose así
situaciones de desatención (ya sean de la familia con relación
a la persona o de los otros dos actores con respecto a la parentela) y
de privaciones mucho más graves a medida que el nivel socioeconómico
de la persona y su entorno sean más bajos.
Para el Modelo médico la necesidad
prioritaria es la rehabilitación (y no de modo paradójico
la prevención, ya que las acciones en este sentido son notoriamente
escasas), donde la respuesta social se enfoca a la construcción
de espacios médico-educativos, las acciones son llevadas a cabo
por profesionales, posiciona a la persona en el lugar de paciente-alumno,
y el fin de las prácticas e intervenciones es la cura (¿o
el milagro?). Este modelo promueve sus acciones en espacios segregados.
La discriminación, desde este modelo, debería entenderse
como aquellas acciones que no han prevenido o atendido las necesidades
sanitarias.
Para el Modelo asistencial-paternalista
la respuesta social es la protección, las acciones están
en manos de expertos y posiciona a la persona con discapacidad
y a sus familias como objeto de intervención. La finalidad de las
acciones es satisfacer las exigencias definidas por las y los expertos
(generalmente sanitarias y educativas). Este modelo promueve sus acciones
en espacios segregados o por medio de agentes especiales. La discriminación,
desde este concepto, debería entenderse como la imposibilidad
de acceder a esos servicios o apoyos.
Para el Modelo social la respuesta es
la total integración (el acceso a todos los espacios ciudadanos,
físicos, comunicativos y de información) y el pleno respeto
a la autodeterminación de las personas con discapacidad. Las acciones
se llevan a cabo por todos los actores e involucra a la sociedad en su
conjunto. La discriminación vista desde este Modelo es cualquier
acción que impida o dificulte que la persona lleve una vida lo
más normal posible acorde con su edad en los aspectos educativo,
económico, político, sexual, cívico, laboral y legal,
reconociéndoles el hecho de que puedan determinar su propia vida
(la cual es un continuum cuyos diversos grados tienen relación
con circunstancias que no se analizarán en este artículo).
Incluir a este Modelo implica que las discriminaciones se multiplican,
se deben descubrir en distintas dimensiones (económica, política,
social, etc.), en diversas etapas del ciclo vital, y entender que la discapacidad
es un proceso social (Fougeyrollas, 2001).
La espiral discapacitadora
Imaginemos la vida de toda persona como
una espiral que crece y se ensancha, permitiéndole apropiarse de
actividades más elevadas y complejas a medida que se aleja de la
base, con funciones asumidas en ambientes cada vez más externos,
más alejados de sus núcleos relacionales primarios y entre
personas ajenas a esos núcleos (familiaescuela).
En esa espiral se ponen permanentemente
en juego situaciones en las que la identidad, el poder y la libertad (la
autodeterminación) son reeditadas. Las clasificaciones que se señalan
en la gráfica han sido seleccionadas y establecidas arbitrariamente,
no implican un orden ni exclusividad, ya que son funciones simultáneas
que se suman durante la vida, interrelacionándose y retroalimentándose.
Pero en el momento en que las prácticas
postergan a la persona en roles de hijo(a), alumno(a) y paciente en
forma exclusiva, éstas deben ser revisadas a la luz del Modelo
social, ya que son síntomas de acciones que coartan y empobrecen
la identidad, la libertad y el poder de la persona. Es en este punto donde
las familias y quienes padecen discapacidad deben enfocar sus análisis,
desnaturalizar y deslegitimar las prácticas que producen un déficit
de poder, de libertad y de identidad que no tiene relación con
el déficit orgánico o mental, sino con el imaginario social
que esta condición pone en juego. Es también en este punto
donde cada actor —institución, profesional, familia—
debe revisar y criticar sus propias intervenciones y las pautas, ideologías,
prejuicios, discriminaciones y valores culturales que ha utilizado en
esas participaciones.
Es, por lo tanto, la primera condición
de esta propuesta detectar esas situaciones básicas en las que
se inician las prácticas de discriminación y sometimiento.
Por ejemplo: cuando una madre va al pediatra porque “algo no anda
bien” con su bebé y el médico desestima esa observación.
¿Qué cualidades otorga a la identidad materna?, ¿son
equivalentes su poder (saber) profesional y el poder (saber) de la mujer?,
¿las libertades que cada uno puede asumir respecto de esa situación
son comparables? y, en caso de no serlo, ¿qué condiciona
esa diferencia?
Esta interrelación se repite, con
distintos actores sociales, durante toda la vida de la persona con discapacidad,
como en una partida de naipes donde esas tres cartas básicas
(identidad, libertad y poder) se combinan en una infinidad de posibilidades,
intercambiándose permanentemente entre todos los jugadores
sobre el tapete. Es evidente que esta situación es análoga
a la que sucede en la vida de toda persona, pero en el caso de la discapacidad
adquieren características, implicaciones y dimensiones particulares.
A medida que la persona con discapacidad
se convierte en adulto (a), que avanza en los ciclos vitales y debe apoderarse
de funciones más complejas y variadas, las disfunciones se ponen
en mayor evidencia en esta espiral: ¿Qué libertad le
fue otorgada para elegir determinado puesto de trabajo, profesión,
pareja, paternidad?, ¿qué poder tiene una persona educada
en ámbitos segregados, diferenciados?, ¿ocupará una
identidad de trabajador si durante 10 años se ha desempeñado
en talleres protegidos que repiten esquemas escolares? En ese caso, podríamos
afirmar que la espiral gira sobre sí misma, sin favorecer la asunción
de actividades de profunda identidad, poder y libertad (autodeterminación).
Cuando esto sucede, cuando la persona
hubiera podido, con los apoyos necesarios, asumir una identidad
más apropiada a su edad, un poder y libertad que le permitan determinar
su propia vida, y este procesono se ha logrado congelar en situaciones
de infantilización y sometimiento, se debe asumir que
la persona atrapada en una espiral discapacitadora.
Conclusiones
• |
Discapacidad es un concepto multidimensional,
unívoco. Entendiendo a la discapacidad proceso social (no
como un suceso individual), y dinámico. |
• |
A lo largo de su vida, la persona con discapacidad
distintas discriminaciones y es víctima de diversos procesos
de exclusión, muchas veces acumulativos pobre, como campesino,
como indígena, como |
• |
Los distintos modelos teóricos posicionan
vulnerable en distintas funciones, reconocen diferentes derechos
o necesidades, sostienen diversas y señalan varias acciones
o procesos de discriminación o exclusión. |
• |
En América Latina, la academia (las
universidades) escasamente ha estudiado a la discapacidad problema
social. |
• |
Este artículo intenta ser un aporte,
desde otra y un reconocimiento a los nuevos movimientos sociales
de personas con discapacidad de América su larga lucha en
la búsqueda de una sociedad equitativa, solidaria e incluyente. |
Notas al pie de página:
1 Fougeyrollas,
Patrick y Line Beauregard, “Disability, an Interactive Person-Environment
Social Creation”, en Gary Albrecht (editor), et. al. Hanbook
of Disability Studies, Sage Publication, USA, 2001, pp. 171-194.
2 Melucci,
Alberto. Acción colectiva, vida cotidiana y democracia,
Editorial de El Colegio de México, México, 1999.
3 Brogna,
Patricia, “Normocentrismo y educación. Una escuela para todos…
si suena tan sencillo, ¿por qué es tan complicado?”,
en Novedades Educativas, Núm. 166, Editorial Noveduc,
Argentina-México, 2004, pp. 32-34. 4 Barton, Len (comp.), Discapacidad
y sociedad, Ediciones Morata, España, 1998.
4 Barton,
Len (comp.), Discapacidad y sociedad, Ediciones Morata, España,
1998.
5 Álvarez
Uría, Fernado y Julia Varela, “La maquinaria escolar”,
en Arqueología de la escuela, Ediciones de la Piqueta,
Madrid, 1991, pp. 13-54.
6 Esping-Andersen,
Gosta, Los tres mundos del estado de bienestar, Ediciones Alfons
el Magnámin, España, 1993. |