Opinión y Debate
Ciudadanización vs. discriminación
Denise Dresser Guerra*
Durante la presentación
de la Compilación de instrumentos jurídicos en
materia de no discriminación, realizada el pasado 23
de mayo en el Centro Cultural Casa Lamm, la doctora Denise Dresser
Guerra se refirió al problema que representa la normalidad
con que se asumen las violaciones a derechos humanos en México,
al mencionar lo cotidiano que resultan actitudes y comportamientos
violentos y discriminatorios en contra de mujeres, indígenas,
homosexuales, pobres y otros sectores de la población, de
quienes, dijo, los pobres sufren la peor violencia.
Entre los presentadores de esta obra estuvieron
también el periodista Miguel Ángel Granados Chapa,
el ex Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral (IFE)
José Woldenberg Karakowski, el licenciado José Luis
Gutiérrez Espíndola, del Consejo Nacional para Prevenir
la Discriminación (Conapred) y el maestro Emilio Álvarez
Icaza Longoria, Presidente de la Comisión de Derechos Humanos
del Distrito Federal (CDHDF), quienes coincidieron
en la utilidad de la Compilación de instrumentos jurídicos
en la tarea de erradicar la exclusión, el prejuicio y la
intolerancia de nuestra sociedad. |
“But you
can’t be mexican”, exclaman mis compañeros del
doctorado en la Universidad de Princeton. La frase me persigue por los
pasillos, por el campus, en el aula de clase. La sentencia se acuesta
conmigo en las noches y se despierta a mi lado en las mañanas.
Va adonde yo voy. Día tras día; año tras año;
década tras década. En las universidades, en los aeropuertos,
en la oficina del dentista, en la cola de inmigración.
Esa mexicana que se dice mexicana pero no puede serlo. Esa mexicana
apócrifa. Esa güerita. A la que Fernando Solana bautizó
como la “primera norteamericana nacida en México”.
A la que Adolfo Aguilar Zínser se refirió como “esa
analista mexicana de origen norteamericano” en una disputa que tuvimos
en torno a la política exterior.
Me miro al espejo y pregunto “¿qué
debo hacer para ser mexicana auténtica? ¿Cambiar
mi nombre? ¿Añadir Eugenia después de Denise
o Guerra después de Dresser? ¿Pintarme
el pelo? ¿Ir por el mundo con el acta de nacimiento ovillada en
la bolsa? ¿Cargar con el certificado de autenticidad? ¿Enarbolar
los estudios de DNA? ¿Vestirme siempre en tricolor? ¿Colocarme
un tatuaje sobre el hombro derecho que diga made in México?
Porque no como chile ni bebo tequila
ni canto bien las rancheras ni conozco los corridos ni tengo la piel oscura
ni bailo el jarabe tapatío ni tengo un ejército de primos
ni me sé todas las estrofas del Himno Nacional. Porque no soy como
se supone que son los mexicanos; ni dentro del país ni fuera de
él. Mi abuelo mexicano me llamaba gringuita y güerita
creyendo que tenía razón. Pero se equivocaba. Siempre me
ha gustado ser mexicana.
Porque fui concebida en México,
nacida en México, hecha en México. Pero mi nombre me traiciona.
Mi apellido me sabotea, frente a mi propio país y frente a los
otros.
Este país nuestro en el cual todo
es normal. Rutinario. Parte del paisaje. La violencia cotidiana en Ciudad
Juárez y las muertas que causa. La impunidad rampante y los cadáveres
que permite. La caricatura de “Memín Pinguín”
y las defensas hipernacionalistas que engendra. La discriminación
hacia los que son diferentes y el recelo oculto que revela. Todos los
días, a todas las horas, en todos los lugares: los ojos cerrados.
Cerrados frente a miles de mujeres acechadas, hombres perseguidos, mexicanos
maltratados. Mexicanos que se matan los unos a los otros, que se burlan
los unos a los otros, que se discriminan entre sí pensando que
eso es normal.
Pensando que así es la vida. Que
así es el país. Que la discriminación y la xenofobia
y la homofobia y el racismo y el sexismo no son motivos de alarma. Que
no son problemas profundos que requieren soluciones urgentes. Que la sociedad
sólo enfrenta divisiones de clase mas no de raza o de género
o de preferencia sexual. Que México no es Estados Unidos, ese país
que los historiadores mexicanos describen como “históricamente
excluyente y cargado de racismo”. Que México no tiene porqué
ser sensible a las denominaciones raciales o de género porque nunca
ha sido un país racista. Nunca ha sido un país excluyente.
Nunca ha sido un país intolerante. Nunca ha sido un país
discriminatorio. Dicen aquellos que se erigen en defensores de la caricatura
de un hombre negro y lo que representa. Dicen aquellos que ignoran los
códigos de conducta —aceptados y compartidos— del lugar
que habitan. Porque esos argumentos ignoran a millones de mexicanos forzados
a vivir a la intemperie. Sin la protección de la ley. Sin el
paraguas de la igualdad. Sin el cobertor de la ciudadanía.
Sin el arropo de los derechos civiles. Hostigados por depredadores
sexuales, mutilados por secuestradores, asaltados por hombres abusivos,
asesinados por su género o su edad o su etnia. Millones de mujeres
que viven la violencia y millones de indígenas que padecen la discriminación.
Miles de homosexuales que enfrentan la homofobia y miles de discapacitados
que sufren el rechazo. Cifra tras cifra, dato tras dato, expediente tras
expediente: allí está la realidad de un país violento,
de un país asustado, de un país intolerante, de un país
discriminador.
Un país donde más de 600
personas han muerto en la frontera durante el último año.
Donde la violencia se ha adueñado de las calles y las conciencias.
Donde las leyes son parte del problema y no su solución. Donde
pararse en un alto después de la medianoche produce temor. Donde
millones viven mirando de reojo, cuidándose las espaldas.
Donde, según lo revela la Encuesta Nacional sobre la Discriminación,
48.4 por ciento de la población no permitiría que en su
casa vivieran homosexuales. Donde 42.1 no permitiría que vivieran
extranjeros. Donde 38.3 por ciento rechaza a las personas con ideas diferentes
a las suyas. Donde muchos mexicanos temen a los otros por su raza o su
color de piel. Donde todo esto es percibido como normal.
La normalidad cotidiana de los asesinatos
y los secuestros y la muertas de Juárez. La rutina recalcitrante
de los cadáveres encontrados y los policías ajusticiados.
El miedo compartido de quienes caminan en las calles de Nuevo Laredo,
Ciudad Juárez y Atenco. La noción apoyada por uno de cada
cinco mexicanos a quienes les parece natural que a las mujeres
se les prohiban más cosas que a los hombres. La experiencia común
de la violencia familiar. Los ojos cerrados frente a la pobreza desgarradora.
El uso extendido de expresiones derogatorias como indio y naco
y vieja y gata y nahual. El odio en las calles
y en las casas. Los puños alzados, las pistolas desenfundadas,
las miradas esquivas.
Pero esta realidad no agravia lo suficiente.
No indigna lo suficiente. No produce los cambios necesarios y las reformas
imprescindibles. Porque México vive la anormalidad como algo normal.
Porque las mayorías complacientes ignoran a las minorías
marginadas. Porque la peor violencia la padecen los pobres. Porque las
mujeres son vistas como ciudadanas de segunda categoría.
Porque los indígenas son ignorados hasta que se rebelan. Porque
México se cubre los ojos con la máscara de los mitos.
Esos mitos fundacionales; esos mitos definitorios. El mito del país
mestizo, incluyente, tolerante. El mito del país que es clasista
más no racista. El mito del país que abolió la esclavitud
y, con ello, eliminó la discriminación. El mito de un país
que le abrió la puerta a los extranjeros y los abraza hasta que
se descubra que el apellido Wornat es extranjero. El mito del país
con instituciones sólidas que vigilan el interés público.
Esas ficciones indispensables, esas ideas
aceptadas: el mestizaje civilizador, la violencia redentora, el indio
noble, la mujer como Madre Patria de largo cabello negro, la revolución
institucionalizada, el pasado glorioso. Esas medias verdades que son como
bálsamo, como ungüento. La realidad aceptable. La realidad
normal. La realidad de un país que no quiere confrontarla.
Que se precia de sus buenos modales y su gentileza. Donde nadie nunca
dice no. Donde todos se besan en la mejilla y se apuñalan en la
espalda. Donde el Presidente declara que fue malentendido cuando
se refirió a los negros como lo hizo. Donde a las mujeres
aprehendidas en Atenco se les exige que presenten pruebas sobre su propia
violación. Donde nadie nunca se declara homofóbico o racista
o machista o discriminador o en favor de la violencia. Donde muchos, por
acción u omisión, lo son y lo están.
Y el pequeño escándalo
desatado por “Memín Pinguín” lo revela. La intelligentsia
mexicana se levanta embravecida a defender el honor nacional. A defender
a la Patria frente a una nueva agresión estadounidense. A decir
que México no es racista contra los negros y nunca lo ha sido.
A explicar que hoy no hay negros precisamente porque se mezclaron tan
bien; porque fueron tan aceptados, tan queridos, tan elogiados. Y por
eso se les conmemora con una caricatura. Con un dibujo divertido que,
según dicen, de ninguna manera refuerza los estereotipos negativos
que los negros han peleado tanto por combatir. Con un timbre que, según
argumentan, no tiene nada de ofensivo. Nada de antidemocrático.
Nada de anormal. El calificativo negrito —suponen—
es tan inofensivo como güerita o prietita o
gringuita.
Pero ese es el problema. La normalidad
en México es la anormalidad en otras partes. En otros países
verdaderamente multiculturales, con políticas públicas que
también lo son. En otros sistemas políticos que promueven
los derechos y la dignidad de sus minorías. En otras sociedades
con estándares de corrección política que
en México parecen risibles, pero tienen razón de ser. En
países que utilizan instrumentos jurídicos de no discriminación
como los que se presentan aquí hoy. Las reglas —escritas
y no escritas— que protegen a los negros y a las mujeres y a los
homosexuales y a los indígenas y a los discapacitados tienen razón
de existir.
Están allí, contenidas
en los volúmenes que hoy se presentan, para asegurar todos los
derechos para todos. Para prevenir las burlas y los albures y los linchamientos
y la violencia y las alusiones a la analista de origen norteamericano.
Para crear un país de ciudadanos iguales frente a la ley, al margen
de la edad, el género, el grosor de sus labios, el color de su
piel, el origen de sus padres, el camino andado.
En México todavía es posible
reírse de la fisonomía de los negros; todavía es
posible burlarse de la forma de hablar de los indios; todavía es
posible clasificar a las mujeres en güeras o prietas;
todavía es posible descalificar a personas por su nacionalidad;
todavía es posible despedir de un trabajo a empleadas embarazadas;
todavía es posible discriminar a los discapacitados; todavía
es posible matar a una mujer sin recibir un castigo por ello. Todavía
es posible. Todavía es permisible. Todavía es justificable.
Se vale. Por la historia o por la tradición o por la cultura o
por el ánimo de hacer reir o por la excepcionalidad. Como “Memín
Pinguín” no hay dos; es una creación específicamente
mexicana y debe ser apreciada como tal, reiteran. Como México no
hay dos, dicen.
Como México no hay dos; ése
país donde las mujeres —en muchos ámbitos, en muchos
rubros, en muchos espacios— siguen siendo ciudadanas de segunda,
cotos conquistables, cotos sacrificables. Y, por ello, muchas niñas
son obligadas a abandonar la escuela para ocuparse del trabajo doméstico.
Por ello, las mujeres adultas ganan menos aunque trabajen igual o más.
Aunque son un componente creciente de la fuerza de trabajo, su género
las agarra de la nuca. Aunque trabajan cada vez más fuera
de casa, lo que tienen que hacer dentro de ella constriñe su acción.
Aunque encuentran empleo en el sector maquilador, su salario suele ser
menor al de los hombres sentados a su lado.
Muchos mexicanos dicen que la democracia
ya llegó, ya está aquí, se vive y se siente,
se respira y se admira. Pero México sigue siendo una democracia
incompleta para sus mujeres. Sigue siendo un país de mujeres
pobres, de mujeres analfabetas, de mujeres subempleadas, de mujeres sin
representación política real, de mujeres violadas, de mujeres
golpeadas, de mujeres discriminadas, de mujeres sin la capacidad de decidir
sobre sus propios cuerpos. Sigue siendo un país donde el acoso
sexual sólo es penalizado en 10 estados.
Un país sentado en la banca.
En las gradas. Contemplando lo que le sucede a sus mujeres, día
tras día, año tras año, década tras década.
En las casas y en las calles. En las oficinas y en las fábricas.
En Ciudad Juárez y en el Estado de México. En la mirada
lasciva que el Senador Manuel Bartlett posa sobre la parte posterior de
una edecán. En las decisiones increíbles de la Suprema Corte
que lo avalan, como la exoneración de un Magistrado acusado de
acoso sexual.
Porque es tan común. Porque es
tan normal. Porque es tan poco grave. Pensar que las mujeres
son algo —no alguien— que puede ser usado y humillado. Algo
que puede ser acariciado a tientas en el Metro y golpeado en la casa.
Algo que puede ser acosado en las oficinas de un Magistrado y no recibir
sanción por ello. Algo que se lo buscó por usar la falda
tan arriba y el escote tan abajo. Algo que disfruta —aunque lo niegue—
cuando su jefe le pregunta “¿de qué lado de la cama
le gusta acostarse?”. Un objeto sin derechos esenciales que la ley
no necesita proteger. Como en tiempos cavernícolas y tiempos prehispánicos
y tiempos autoritarios y tiempos democráticos. Todos los tiempos
son buenos para maltratar o discriminar a una mujer en México.
Todos los tiempos son buenos para evadir un castigo por hacerlo.
Todos los días en México
alguien acosa sexualmente a una mujer. Alguien golpea a una mujer. Alguien
viola a una mujer. Alguien deja de educar a una mujer. Alguien discrimina
a una mujer. Y todos los días, millones de mexicanos permiten que
eso ocurra. Permanecen sentados, presenciando a los políticos y
sus evasiones, a los Jueces y sus justificaciones, a la Suprema Corte
y sus claudicaciones. Mirando por medio de sus lentes oscuros como si
sólo fueran espectadores de algún tipo de deporte nacional.
Cuidando su propia vida sin querer involucrarse. Sin participar. Sin exigir.
Cómplices voluntarios.
Hoy, la mirada del país está
puesta en los políticos. En los partidos. En los abusos que ambos
cometen. En la baja calidad de la democracia mexicana y cómo mejorarla.
Pero esa agenda pendiente trasciende a los hombres y a sus pequeños
pleitos. Abarca más que las reglas del juego electoral y su transformación.
Incluye más que las reglas del financiamiento público y
su reconsideración. Trasciende a lo que ocurra el dos de julio.
La profundización de la democracia mexicana también pasa
por la reconfiguración del mapa mental de su población.
Ese mapa mental que le asigna a las mujeres de México
un lugar inferior. Una nota de pie de página. Un apéndice.
La evolución de la democracia
mexicana tiene que ver con las expectativas que los padres mexicanos tienen
de sus hijas. Tiene que ver con la manera en la cual los ciudadanos del
país se tratan unos a otros, independientemente de su género.
Tiene que ver con una forma de pensar. Con una forma de participar, de
bajar de las gradas y ayudar. De denunciar el acoso sexual y exigir su
penalización. De fustigar la violencia contra las mujeres y demandar
su erradicación. De decir que un golpe a una es un golpe a
todas. De educar a una niña para que sepa que puede ser Presidente
de México aunque, ojalá aspire a algo mejor. De pensar que
las mujeres son ciudadanas y deben ser tratadas como tales. De construir
una verdadera República donde los hombres tienen sus derechos y
nada más. Donde las mujeres tienen sus derechos y nada menos.
Y uno de ellos es el derecho de decir
que lo aceptable es inaceptable. El derecho de convertirse
en lo que se es, como diría Rosario Castellanos. Una persona
que se elige a sí misma. Que derriba las paredes de su celda. Que
niega lo convencional. Que estremece los cimientos de lo establecido.
Que hoy tiene a su alcance instrumentos jurídicos contra la no
discriminación y ojalá aprenda a usarlos. Que alza la voz
contra el país de espectadores. Que logra la realización
de lo auténtico. Mujer y cerebro. Mujer y corazón. Mujer
y madre. Mujer y esposa. Mujer y profesionista. Mujer y ciudadana. Mujer
y ser humano. Mujer y mexicana, aunque tenga nombre extranjero.
* Doctora
en Ciencia Política por la Universidad de Princeton y Consejera
de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF). |